Sonrisas de Bombay

martes, 17 de mayo de 2011

La rebelión de "la calle" hizo caer su Gobierno

Cubierto de mierda y de sangre ajena

"El pueblo islandés seguía a sus apóstoles americanizados, un país que está en su fase final como un imperio todopoderoso"

GUDBERGUR BERGSSON 11/04/2011

No es nada más que señal de nuestro tiempo y de la naturaleza de la hambrienta y a veces estancada y aburrida prensa diaria querer dar amplia información sobre acontecimientos insignificantes para la humanidad, husmear en los rincones más remotos de la Tierra, como Islandia, dejándolos a la que salta la noticia en otro lado. Islandia era hasta ahora un país más o menos desconocido para el gran público, pero ahora se dice que la rebelión de "la calle" hizo caer su Gobierno y que esto podría ser un ejemplo para otros países grandes y corruptos.

Pero en realidad no es la primera vez que "la calle" ha intentado derrocar el Gobierno islandés, a veces con resultado, a veces no. Cuando era así nunca saltó a la noticia, no había noticias de ello en la prensa mundial. Además, hasta ahora las "rebeliones" en Islandia han sido políticas e ideológicas, dirigidas por la izquierda comunista, y por ello había que silenciarlas en la prensa del mundo libre occidental dirigido por el capitalismo estadounidense. De eso basta un ejemplo significativo cuando Islandia, un país sin servicio militar, sin armas, entró en la OTAN el año 1949 por la necesidad de los norteamericanos, que querían tener bases militares en un país escudo en la mitad del Atlántico, en un país imprescindible para una lucha limpia y justa contra la temible e injusta Unión Soviética. Ahora "la calle" ha conseguido hacer caer al Gobierno, o mejor dicho, el Gobierno ha caído por sí solo después de haber estado 12 años con el mismo partido en el poder. Esta vez no se trata de lucha entre ideologías de izquierda y derecha. Ahora es el dinero el que ha ocupado el lugar de las ideologías. "La calle" ha perdido su dinero, con el cual iba a comprarse algo parecido al sueño americano, y por lo tanto se rebela violentamente.
El idealismo es de pocos, el dinero es de todos y nadie quiere perderlo, ni los banqueros ni aún menos el pueblo que guarda su dinero, sus ahorros, sus sueños en manos de los banqueros. La experiencia, la aventura que suponían las expediciones de los vikingos no tienen mucho que ver con los años locos de los banqueros islandeses: eso es más un reflejo del capitalismo de la época y su idealismo materialista: la mundialización del mercado. Los banqueros islandeses seguían las teorías norteamericanas, elaboradas por economistas de las mejores universidades estadounidenses, muchos de ellos premios Nobel. El pueblo islandés seguía a sus apóstoles americanizados. El ejército americano ha estado presente en la vida nacional durante más de medio siglo y durante la guerra trajo la única revolución en la historia del pueblo: la del dinero. Antes de su llegada, los islandeses eran pobres, la nación más pobre de Europa, pero con la guerra se hicieron "nuevos ricos" con todas las consecuencias: la ilusión popular de que, con suerte, el dinero llama al dinero para siempre.
Los islandeses se creían una nación escogida por los EE UU, por ser el escudo entre el mundo libre y el soviético, por la OTAN con sus bases en todos los rincones de la isla, y finalmente por la industria de aluminio: la isla de la energía limpia, térmica e hidráulica. Pero resulta que todo cae, EE UU está en su fase final como un imperio todopoderoso, el ejército de la OTAN se marcha e Islandia se queda huérfana, dominada por un viejo Gobierno proamericano, derechista, un Gobierno que ha durado 12 años. Cayó la ilusión nacional creada lentamente pero de una manera eficaz durante la Segunda Guerra Mundial en un país que vivía gracias a las constantes operaciones militares americanas. Cuando las fuerzas norteamericanas se marchan, la gente pierde su fe tanto en el amigo americano como en sus amigos parlamentarios, los amigos del amigo americano. Entonces se dispara el desorden, se extiende la frustración y luego viene la desilusión absoluta. Los islandeses vuelven a tener fe en el duro trabajo de sol a sol, como antes, pero no por gusto sino por pura necesidad. Los islandeses trabajaban duramente para sobrevivir en tiempos remotos, cuando la vida era sencilla, vivían de y con las ovejas en los páramos, con y del bacalao en la costa. No se puede volver al pasado, en este momento hay crisis también en los países que tradicionalmente compraban el bacalao. Incluso hay menos bacalao en el mar. Islandia no puede entrar nunca en la Unión Europea, lo impide el interés de los países antes compradores, que ahora quieren pescar ellos mismos su bacalao en las costas islandesas. Pero una cosa milagrosa es cierta para los islandeses en este asunto: saben que a la larga los pescadores de los países del sur nunca podrán pescar por las costas islandesas. No conocen el mar, el viento, el frío. Islandia está a salvo, una isla aislada como siempre, un pueblo trabajador más por necesidad que por su fe luterana. En los países católicos hay también gente trabajadora. El apego al trabajo no tiene nada que ver con la religión, son las circunstancias las que deciden.
No ha sucedido ninguna catástrofe en Islandia sino un pequeño frenazo de la megalomanía nacional, producto del aislamiento, y uno podría pensar que como consecuencia la nación entrará en razón. Sin ser forzados los países no entran nunca en razón.
La gran culpa de la caída islandesa la tiene en gran medida el actual presidente de la república, Ólafur Ragnar Grímsson, un megalómano confuso, un ex parlamentario que en la política ha cambiado de camisa varias veces, la ha perdido y ha conseguido una nueva que luego ha vuelto a perder por su oportunismo, pero enseguida consigue otra: la presidencia durante 15 años es un regalo de una nación parecida a él, una nación confusa y aislada durante siglos del continente europeo, del pensamiento europeo, que aun así de vez en cuando consigue hacer una pequeña limpieza mental inclinándose, buscando apoyo y protección en el regazo americano, el regazo de un imperio que se resiste a aceptar su realidad: que se ha cubierto de mierda y de sangre ajena.
Guderburg Bergsson es escritor.

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